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Los tilos de testigos

  


Un 29 de enero de 1944, cuando el mundo todavía aprendía a recomponerse y los sueños se abrían paso con coraje, un puñado de jóvenes del Club Universitario decidió apostar por algo más grande que un juego. Querían un club. Querían un lugar donde el vigor del cuerpo caminara de la mano con la nobleza del alma. Así nació Los Tilos, bautizado tras idas y vueltas, y también —dicen— por la dulce insistencia de una novia enamorada, porque desde el comienzo el amor ya estaba presente.

En una esquina discreta, en Diagonal 73 y calle 11, se reunieron por primera vez. Nombres que hoy suenan a historia se estrecharon las manos y asumieron compromisos sin saber que estaban sembrando raíces profundas. Trabajaron con entusiasmo, con convicción, con esa fe que sólo tienen quienes creen en el futuro. Y el futuro no tardó en responderles: en 1945, apenas un año después, llegó el primer campeonato. El club ya caminaba firme.

Hubo tiempos difíciles, canchas prestadas, esfuerzos silenciosos. El Colegio Nacional fue hogar y refugio hasta que, en diciembre de 1953, el sueño tomó forma definitiva en Tolosa, en las calles 522 y 21. Allí, donde la tierra esperaba, comenzó otra historia.

No sólo la del club.

La de la vida.

Porque entre mates compartidos y tardes interminables, empezamos a llegar los amigos del barrio. Íbamos en grupo, siempre en grupo. Hasta allí la dejaban ir a nuestra querida amiga Alicia, y sin darnos cuenta, mientras el rugby crecía, también florecían los afectos.

Los tilos —altos, pacientes, eternos— miraban todo.

Allí nacieron parejas, risas tímidas, miradas que duraban un segundo más de lo debido. Alicia y Horacio. María y yo. Amores sencillos, verdaderos, de esos que no hacen ruido pero dejan huella. El club era el punto de encuentro, pero el corazón marcaba el rumbo.

Recuerdo haberle escrito a María alguna vez, cuando las palabras todavía alcanzaban para decirlo todo:

 

Hermoso flequillo de pelo dorado

Cubre tu rostro, mi imagen de amor

El sol del atardecer, los momentos soñados…

Los tilos de testigos y dos enamorados.

 

Hoy, tantos años después, los tilos siguen allí. Han visto pasar generaciones, camisetas embarradas, abrazos de victoria y silencios de derrota. Pero también han sido cómplices del amor, guardianes de promesas, testigos mudos de historias que no figuran en actas ni trofeos.

Porque al final, Los Tilos no fue sólo un club.

Fue —y sigue siendo— un lugar donde la historia se juega…

y el amor echa raíces.


Eduardo Finocchi / 2-2026

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit