Hay esquinas de La Plata que no necesitan presentación.
Uno pasa decenas de veces, quizás camino al centro, rumbo a la estación o
simplemente atravesando el ritmo veloz de Avenida 44, y de pronto algo obliga a
mirar hacia arriba: un balcón de hierro trabajado, una moldura gastada por el
tiempo, una ventana alta que parece observar la ciudad desde hace más de un
siglo.
Eso ocurre en la esquina de 44 y 2. La antigua casona de ochava elegante todavía permanece allí, sobreviviendo entre edificios modernos, tránsito permanente y carteles comerciales. Como tantas construcciones históricas platenses, resiste en silencio. Y quizás justamente por eso conmueve.
Todo indica que la vivienda habría sido construida entre 1915
y 1922, en una época en que la ciudad atravesaba uno de sus grandes momentos de
crecimiento urbano.
La Plata ya había dejado atrás sus primeros años
fundacionales. Las calles comenzaban a consolidarse con residencias elegantes,
comercios y pequeños edificios de renta levantados por inmigrantes italianos y
españoles que encontraban en la nueva capital bonaerense una ciudad moderna y
llena de oportunidades.
La zona de 44 y 2 tenía una ubicación estratégica: cerca de
la estación ferroviaria, del acceso al centro y del movimiento comercial que
empezaba a crecer alrededor de Avenida 44. Por eso no resulta extraño que allí
se levantara una casa de categoría, con locales en planta baja y vivienda
familiar en los pisos superiores.
Era una postal típica de aquella época. Abajo funcionaban negocios, almacenes o pequeños comercios. Arriba vivían las familias propietarias, muchas veces comerciantes o profesionales vinculados al crecimiento económico de la ciudad.
La fachada conserva todavía detalles que hablan de aquella
Belle Époque platense.
Los balcones de hierro forjado, las aberturas altas, las
molduras clásicas y el remate triangular de la ochava remiten al estilo
academicista italianizante que dominó buena parte de la arquitectura
residencial de principios del siglo XX.
En esos años, construir una casa así no era solamente
levantar una vivienda: era una manera de mostrar prestigio, progreso y
permanencia.
Las ventanas altas ayudaban a combatir el calor en tiempos
sin aire acondicionado. Los cielorrasos elevados daban amplitud y frescura. Las
molduras y ornamentos eran trabajados artesanalmente por albañiles y herreros
que muchas veces llegaban desde Europa con oficios heredados de generaciones.
Cada detalle tenía intención estética. Y aunque el tiempo, la humedad y las modificaciones comerciales fueron transformando parte de la planta baja, la estructura principal todavía conserva el espíritu original.
Cuesta no imaginar cómo habría sido esa esquina hacia 1920.
Tal vez un tranvía pasando lentamente.
Caballos atados junto al cordón.
Hombres con sombrero entrando a algún almacén. Mujeres caminando bajo galerías con vestidos largos. Faroles encendidos en las noches de invierno.
La ciudad todavía tenía ritmo pausado. El ruido dominante
seguramente no eran motores, sino conversaciones, campanas y ruedas sobre
adoquines.
Desde alguno de esos balcones quizás una familia observaba la
vida diaria de la ciudad nueva, orgullosa de pertenecer a aquella La Plata
moderna que crecía con ambición europea.
Muchas construcciones similares desaparecieron durante las décadas del 60, 70 y 80, cuando el avance inmobiliario transformó gran parte del casco urbano.
Casonas enteras fueron demolidas para levantar edificios
altos, cocheras o galerías comerciales. Por eso cada vivienda antigua que
permanece en pie se vuelve un pequeño testimonio urbano.
La esquina de 44 y 2 logró sobrevivir. Y aunque hoy convive con cables, semáforos y tránsito permanente, todavía conserva algo difícil de explicar: presencia.
Porque las viejas casas platenses no solamente ocupan
espacio. También guardan memoria.
Son fragmentos vivos de una ciudad que todavía puede
descubrirse mirando hacia arriba.
