En la historia de nuestra región existen episodios que parecen escapados de una novela de aventuras. Historias de hombres que desafiaron lo imposible cuando el cielo todavía era un territorio desconocido y volar era casi un acto de fe. Una de esas páginas inolvidables se escribió a comienzos del siglo XX y tuvo como protagonista al joven aviador Teodoro Pablo Fels, cuyo destino terminó cruzándose para siempre con las tierras de Ensenada y Berisso.
La madrugada del 1º de diciembre de 1912, mientras
gran parte del país aún dormía, Fels tomó una decisión que cambiaría su vida y
la historia de la aviación argentina.
Con apenas 21 años y siendo conscripto de la Escuela
Militar de Aviación de El Palomar, despegó clandestinamente a bordo de un
frágil monoplano Blériot XI, sin autorización de sus superiores. No
obedecía una orden militar ni respondía a una competencia oficial. Lo impulsaba
únicamente el deseo de demostrar que el hombre podía conquistar un nuevo
desafío: cruzar el Río de la Plata por aire.
Era una empresa considerada casi imposible.
Los motores eran poco confiables, los instrumentos
rudimentarios y, en caso de una falla, las frías aguas del río ofrecían escasas
posibilidades de supervivencia. Para preparar el vuelo utilizó aceite de
castor como lubricante y cargó el avión con nafta común, una
combinación elemental para una aventura extraordinaria.
La idea había nacido de las conversaciones que mantenía con
el célebre aviador francés Roland Garros, quien lo alentó a intentar
aquella travesía que podía convertirlo en pionero mundial.
Y así ocurrió.
Después de varias horas de tensión y coraje, Fels aterrizó en
Montevideo, estableciendo el récord mundial de vuelo sobre agua,
una proeza que inmediatamente ocupó las primeras planas de ambos lados del Río
de la Plata.
Pero el capítulo más cercano a nuestra historia todavía
estaba por escribirse.
Al día siguiente emprendió el regreso hacia Buenos Aires. Sin
embargo, las dificultades mecánicas lo obligaron a realizar un aterrizaje
forzoso en Berisso, que por entonces dependía administrativamente de
Ensenada.
Lo que pudo haber sido un simple incidente terminó convirtiéndose
en una verdadera fiesta popular.
Los vecinos acudieron a recibir al joven héroe y organizaron
un homenaje en el histórico Salón Unión, donde fue agasajado con enorme
entusiasmo. La admiración fue tan grande que se impulsó la colocación de una
placa recordatoria, se propuso bautizar una calle con su nombre e incluso un
club deportivo de corta existencia llevó orgullosamente la denominación "Fels".
La emoción trascendió el ámbito local.
En todo el país se constituyó una Comisión Nacional de
Homenaje, mientras importantes instituciones distinguían al joven aviador
por su valentía.
Hasta el propio presidente Roque Sáenz Peña,
comprendiendo la magnitud de la hazaña, resolvió ascenderlo a cabo
conscripto y dejó sin efecto la sanción disciplinaria que le correspondía
por haber abandonado el territorio nacional sin autorización.
Aquella travesura juvenil había dejado de ser una falta
militar para transformarse en un motivo de orgullo nacional.
El tiempo siguió su marcha y los frágiles monoplanos de
madera dieron paso a modernos aviones; los campos abiertos fueron ocupados por
ciudades y nuevas generaciones crecieron sin haber visto jamás aquellos
primeros vuelos.
Sin embargo, algunos recuerdos nunca desaparecen.
En 1962, cuando ya habían transcurrido cincuenta años
de aquella aventura, Teodoro Pablo Fels regresó al lugar donde había
aterrizado de emergencia.
Es difícil imaginar lo que habrá sentido al volver a pisar
ese mismo suelo.
Quizás buscó con la mirada aquel horizonte abierto donde
descendió con el corazón acelerado. Tal vez recordó el ruido del motor, el
silencio posterior y el abrazo espontáneo de aquellos vecinos que lo recibieron
como a un héroe.
Porque los lugares también guardan memoria.
Aunque cambien los paisajes y desaparezcan los testigos, hay
historias que permanecen suspendidas en el aire, como si el viento se negara a
olvidarlas.
Hoy pocos recuerdan que una de las mayores hazañas de la
aviación mundial tuvo un inesperado epílogo en nuestra región. Y menos aún
saben que Ensenada y Berisso fueron escenario del recibimiento a un joven que,
con una mezcla de audacia, inconsciencia y pasión, desafió al Río de la Plata
cuando hacerlo parecía una locura.
Más de un siglo después, aquella aventura continúa
emocionando.
Porque antes de que existieran los grandes aeropuertos, los
radares o la navegación satelital, hubo hombres que se atrevieron a confiar
únicamente en su coraje.
Y uno de ellos descendió, casi por azar, sobre estas tierras.
Desde entonces, una parte de la historia de la aviación
argentina también pertenece para siempre a Ensenada y Berisso.
Eduardo Finocchi / 6-2026 - Facebook: HISTORIAS EN DIAGONAL
Info: Carlos Asnaghi / Ensenada, Una lección de Historia y Facebook: Punta Lara
