Durante décadas, los platenses hablaron del supuesto “Palacio Barolo” local, un edificio monumental que habría replicado al famoso rascacielos porteño. La historia, sin embargo, es otra: nunca existió un Barolo en La Plata, pero sí un edificio que alimentó la confusión.
El arquitecto Mario Palanti, creador del Palacio Barolo y
del Palacio Salvo, trabajó en La Plata, aunque sin dejar una obra equivalente.
El edificio de 5 y 49, de estética ecléctica y porte imponente, terminaría
ocupando ese lugar imaginario en la memoria colectiva.
El Barolo que La Plata nunca tuvo
La Plata, ciudad de mitos, símbolos y geometrías precisas,
tiene también sus fantasmas arquitectónicos. Uno de ellos es el llamado
“Palacio Barolo platense”, un edificio que —según la creencia popular— habría
sido una réplica o una obra paralela del famoso Palacio Barolo de la avenida de
Mayo.
La realidad es menos conocida, pero no menos interesante: un
Palacio Barolo en La Plata jamás existió.
El origen del mito se encuentra en la figura de Mario
Palanti, el arquitecto ítalo-argentino que dejó dos marcas imborrables en el
Río de la Plata: el Barolo porteño (1923) y el Palacio Salvo de Montevideo
(1928). Palanti trabajó también en La Plata, donde diseñó edificios de menor
escala, algunos demolidos y otros reformados, pero nunca construyó un
rascacielos comparable a sus obras más famosas.
Sin embargo, en la esquina de 5 y 49 se levanta un edificio
que sembró la confusión. Construido por otra firma y con otro propósito, su
estética monumental —torre alta, cúpulas, líneas verticales marcadas y
ornamentación historicista— evocó para muchos la impronta visual de Palanti.
Con el tiempo, los vecinos empezaron a llamarlo “el Palacio Salvo platense” o
“el Barolo de La Plata”, aunque ninguna de esas denominaciones fuera oficial.
La ligereza del mito se alimentó de varios factores: la
presencia real de Palanti en la ciudad, la admiración por el Barolo porteño y
la costumbre platense de crear equivalencias arquitectónicas entre su diseño
urbano y algunos íconos del país. Así, el edificio de 5 y 49 se convirtió en un
símbolo involuntario, un representante de una obra que jamás existió pero que
la imaginación colectiva terminó adoptando.
El Barolo platense, entonces, es un edificio que no existe,
pero que se resignifica en cada conversación. Un ejemplo más de cómo la memoria
urbana genera sus propios relatos para explicar aquello que llama la atención o
rompe la armonía del paisaje planificado.
La Plata, fiel a su estilo, agrega así otro capítulo a su
galería de historias singulares: un palacio que nunca tuvo, pero que todos
alguna vez creyeron ver.
Eduardo Finocchi / 11-2025
