EL POETA QUE LE DIO OTRA VIDA AL LUNFARDO
Hubo un tiempo –no tan lejano, pero ya envuelto en la bruma de lo irrecuperable– en que el lunfardo respiraba en las veredas, se mezclaba con el humo de los cafés y se colaba, sin pedir permiso, en las letras de los tangos. Hoy su presencia es apenas un eco: mínima, escurridiza, casi silenciosa. Y por eso cuesta imaginar que vuelvan a surgir piezas como El Ciruja, Milonga Lunfarda o En un feca. Parece un sueño remoto, un gesto imposible.
Se dicen muchas cosas: que los letristas ya no escuchan el murmullo del pueblo; que las nuevas hablas del barrio no encuentran quien las traduzca; que lo popular se mudó a otras músicas, donde la calle late con más frescura. Y entre teorías y excusas, el lunfardo parece haber quedado en pausa, esperando.
Rehuía la queja fácil. Prefería el guiño cómplice, la sonrisa torcida, ese humor que sabe esconder una lágrima detrás de la pestaña. Su poética era mirar la vida cotidiana y devolverla distinta, más luminosa o más triste, pero siempre verdadera. Por eso sus personajes –el taxista, la verdulera, la hippie, el pelado del country y hasta un enano de jardín perdido entre macetas– encontraron un espacio en su música. Avecinados en su tango, se volvían parte de algo más grande: la canción de todos.
En un blog de La Guardia Hereje dejó, casi sin quererlo, su despedida más humana. Allí se presentó como quien realmente era:
“Me llamo Jorge Marcelo Pandelucos, me dicen Alorsa, nacido en La Plata el 24 de noviembre de 1970, radicado en la República Separatista de Tolosa. Fui profesor, barman, encargado de cafetería, ingeniero electrónico, cantautor y chofer de taxi. Buen asador, matero semiprofesional. Con conocimientos musicales escasos y a mucha honra.”
Así hablaba él: simple, honesto, con esa mezcla justa de risa y nostalgia.
Quizás por eso, cada vez que vuelve alguna de sus canciones, uno siente que el lunfardo respira de nuevo. Que todavía queda en la ciudad un hilo de su voz, escondido entre el viento del Bosque, en alguna esquina de Tolosa, o en los oídos de quienes todavía creen que el tango puede hablar como habla la gente.
Mientras recopilaba datos sobre Alorsa, recordé que entre las visitas recibidas por mi padre, el pianista Alfredo Finocchi, allá en la esquina de 14 y 35, una tarde acompañado por el "gordo" Devoto apareció Julián Centella...el lunfardo puro de Buenos Aires.
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Por: Eduardo Finocchi / 12-2025

