"Hay sueños que no vienen de la imaginación. Vienen de la necesidad."
Esa noche lo supe, porque el sueño llegó suave, sin estruendo, como esas noticias que se cuentan en voz baja para que no se rompan. Me vi caminando por un camino de tierra; un sendero largo, húmedo, sembrado de huellas de bicicletas y pasos que no me pertenecían. Era un pueblo cualquiera. Podía ser La Pampa en los años cincuenta; podía ser Pila en estos días. Podía ser todos los pueblos donde aún se golpea la puerta y se pregunta: “¿Cómo amaneció?”.
El viento traía ese olor a cardales mojados mezclado con leña
vieja. El silencio tenía un latido. Y ese latido me llevó a un consultorio
pequeño, humilde, con paredes que parecían haber oído demasiados testimonios.
Yo empujé la puerta despacio, casi con un respeto sagrado.
Y ahí estaban ellos.
René Favaloro —pero no el de los manuales ni el de los hospitales monumentales sino el médico joven del sur pampeano, con la mirada limpia, la voz serena y esa paciencia que es un don y un destino.
A su lado, mi amigo, el Dr. Horacio Prieto, con su calidez de
médico de pueblo, de los que conocen la historia clínica y también la historia
familiar; de los que preguntan por el corazón, pero también por la cosecha, la
esperanza y el ánimo.
Dos tiempos que jamás se encontraron, respirando en la misma pieza.
Horacio lo escuchaba como quien escucha al maestro que no
tuvo pero siempre imaginó. Y Favaloro lo miraba con ese reconocimiento
silencioso de almas gemelas que eligieron lo mismo sin saberlo: sanar sin
apuro, curar sin soberbia, tocar sin miedo.
No hablaban de avances ni de cirugías.
Hablaban de personas.
De la señora mayor que no duerme desde que se fue el último
hijo.
Del joven que dejó la escuela porque la mesa familiar no
alcanzaba.
De ese hombre que dice que le duele el pecho pero en realidad
le duele la vida.
Favaloro tomó su libreta gastada, la de Jacinto Arauz, y dijo
bajito:
—En los pueblos, la medicina es más que medicina. Aquí uno
cura lo que puede… y acompaña lo que no tiene remedio.
Horacio lo miró con ese brillo que los médicos no aprenden en
la facultad.
—En Pila pasa igual —contestó—. La gente no llega solo por
fiebre o dolores. Llega por soledad, por miedo, por cansancio del alma. Llega
buscando un poco de abrazo sin brazos.
Entonces comprendí para qué había soñado esto.
Favaloro, el hijo del viento pampeano.
Prieto, el médico que camina por las calles de tierra
bonaerense.
Los dos platenses que iniciaron su historia lejos de los títulos y muy cerca
de la gente.
Ambos aprendieron en la escuela más dura y más noble: la de
mirar a los ojos.
El sueño comenzó a desvanecerse, como si alguien cerrara la
ventana del tiempo. Alcancé a verlos salir juntos, pasos tranquilos,
guardapolvos blancos movidos por el viento. No parecían caminar hacia un paciente.
Parecían caminar hacia una promesa: la de dignificar la vida, sea cual sea el
tamaño del lugar donde late.
Desperté con una certeza que aún me abriga:
La grandeza no se mide por la fama, ni por el edificio que te
cobija, ni por los aplausos que llegan tarde.
La grandeza se mide por el niño que vuelve a sonreír, por la
anciana que vuelve a dormir, por el vecino que vuelve a tener esperanza.
Y supe —sin duda alguna— que en mi sueño, por un instante,
Pila fue Jacinto Arauz.
Que la provincia entera fue un solo corazón.
Y que la medicina tiene dos nombres que se encuentran en un abrazo invisible:
René Favaloro y Horacio Prieto.
Porque hay hombres que no mueren,
hay hombres que simplemente siguen atendiendo en los sueños.
Donde nadie cobra, donde nadie espera,
donde sanar todavía es un acto de amor.
La imagen se fue apagando y el sueño se cerró como una puerta
dulce, lenta, inevitable. Pero antes de despertar, algo quedó grabado en ese
consultorio de madera: no todos los héroes salen en los diarios, pero todos los
pueblos tienen el derecho de tener uno.
Por eso si René Favaloro dignificó a la medicina desde Jacinto
Arauz, vos, Horacio, la seguís dignificando desde Pila.
En cada paciente que atendés sin preguntar si puede pagar.
En cada madrugada que te golpean la persiana.
En cada vez que decís “quedate tranquilo, lo vamos a
solucionar”.
En cada familia que te espera como si fueras uno más de la
mesa.
Tal vez nunca lo confiese, pero cada pueblo guarda en secreto
el nombre de su Favaloro, ese médico que no luce, no presume, no se retira
aunque anochezca.
Ese que vuelve caminando, cansado, pero con las manos limpias
y el alma entera.
Por eso este sueño no es sueño: es un reconocimiento.
Porque si en La Pampa nació el ejemplo,
en Pila todavía respira.
Y yo lo vi.
En ese espacio donde los tiempos no existen, los dos médicos
caminaron hombro a hombro.
Y pensé —orgulloso, emocionado—: Favaloro abrió el camino,
pero vos, Horacio, lo seguís andando.
Con la misma humildad,
con la misma ética,
con el mismo amor por los que más necesitan.
Y eso, amigo, es el legado más grande que puede dejar un
hombre.
Eduardo Finocchi / 3-12-2025
