A algunas personas no las trae el azar, sino la vida
cuando sabe que uno va a necesitar un amigo.
Así llegó Aníbal D'Cristófaro
Fue compañero de trabajo, sí. Pero antes —y después—
fue consejero, refugio, risa compartida en los días largos y palabra justa
cuando todo parecía torcido.
Un gran tipo, de esos que no hacen ruido, pero dejan
huella. Educado hasta en los gestos, trabajador incansable, emprendedor por
naturaleza y siempre, siempre, de buen humor. De esos hombres que ayudan sin
anunciarlo y que se vuelven imprescindibles sin proponérselo.
Aníbal había trabajado con mi padre en el viejo Teatro
Argentino de La Plata. Eran tiempos difíciles, ásperos, cuando un gobierno
militar lo obligó a asumir como director provisorio de aquel edificio cargado
de historia y silencios. Entre pasillos gastados, telones que habían visto
demasiadas cosas y decisiones tomadas a contracorriente, nació un vínculo que
el tiempo no pudo desatar. Allí nos conocimos, sin saber que no sería la última
vez.
La vida, que a veces parece desordenada, sabe ser
exacta. Años más tarde nos volvió a reunir en la Cámara de Diputados. Y ahí,
otra vez Aníbal: el amigo leal, el compañero atento, el que escuchaba antes de
hablar y hablaba cuando hacía falta. Con él se trabajaba mejor, se pensaba
mejor y, sobre todo, se vivía mejor.
Hoy Aníbal ya no está. Pero hay personas que no se van
del todo. Permanecen en los recuerdos, en las anécdotas que vuelven sin pedir
permiso, en los consejos que todavía resuenan cuando uno duda. Permanecen,
también, en los gestos heredados.
Con el paso de los años, la historia encontró una
forma hermosa de continuar: su hija mayor y mi hijo menor hoy son compañeros de
trabajo. Caminan juntos, como si sin saberlo retomaran una charla que había
quedado abierta. Como si Aníbal, con su sonrisa discreta, siguiera tejiendo
encuentros desde algún lugar invisible.
Porque hay amistades que no terminan.
Solo cambian
de manos.
Eduardo
Fiocchi / 2-2026
