A Chiche
Guillén lo conocí cuando yo era fotógrafo en Diputados y él integraba aquel
equipo de prensa del presidente del Senado, Macaya, que imponía respeto apenas
entraba a una sala.
Me
impresionaba verlos trabajar: Chiche, Marcela Milone, Ricardo Salas y otros,
todos en movimiento, lo mismo que con el Vasco Urriolaveitia haciendo latir el
Sindicato de Prensa bonaerense como un corazón colectivo.
Había algo en
esa dinámica —sobria, firme, solidaria— que hablaba de oficio y de
convicciones.
Chiche era
serio. Tan serio que parecía no darle cabida a nadie. Saludaba poco, observaba
mucho. Yo lo miraba de lejos hasta que un día le pregunté a una fotógrafa del
Senado cómo era como director de prensa. Sonrió y me dijo una frase que todavía
recuerdo:
—Es un
tipazo… ya vas a ver cuando lo conozcas.
Y así fue.
Con el
tiempo, Chiche pasó a formar parte del equipo de prensa de Osvaldo Mercuri en
Diputados y lo tuve como Director de Prensa. Entonces apareció el verdadero
Chiche: periodista de raza, compañero leal, persona sensible detrás de un gesto
austero. Su seriedad no era distancia; era responsabilidad. Su silencio no era
frialdad; era respeto por el trabajo.
Si hubo algo
que lo distinguió siempre fue que se jugaba por nosotros. En medio del apuro de
la política y el ruido de las coberturas, era de los pocos —tal vez el único—
que no se olvidaba de los trabajadores. Cuando la jornada se hacía eterna y el
cuerpo empezaba a pasar factura, Chiche frenaba todo. Literalmente.
—Paramos acá
—decía—. Primero comemos bien.
Y comer bien,
con Chiche, era ir a las mejores parrillas, sentarse sin apuro, compartir una
buena mesa y recuperar fuerzas. Para él, ninguna primicia, ningún discurso,
ningún acto valía más que el descanso del equipo. Después sí, se seguía. Con
otra energía, con otra cabeza.
En esas mesas
se lo conocía de verdad. Escuchaba, aconsejaba sin imponer, cuidaba. Defendía
al equipo con la misma firmeza con la que defendía el oficio. Enseñaba sin dar
cátedra, marcaba el camino con gestos simples y profundos.
Hoy, cuando
pienso en Chiche Guillén, con quien tengo algún contacto cada tanto, no lo
recuerdo por los cargos ni por los despachos. Lo recuerdo parando una cobertura
para que nadie se quede sin comer. Lo recuerdo eligiendo una parrilla y
sentándose con nosotros como uno más. Lo recuerdo jugándose siempre por el
equipo.
Porque Chiche
fue —y sigue siendo- eso que no abunda:
un periodista de alma y una gran persona.
Eduardo Finocchi / 2-2026
