El Museo de La
Plata no tiene un cementerio indio en el sótano, pero sí tiene material suficiente
para construir uno bien surtido. Las historias de apariciones misteriosas no tardan
en relacionarse con las catacumbas del edificio, con los indios que allí vivieron
y murieron, con una figura enigmática: el Cacique Inacayal.
Porque la vida
del cacique tehuelche Modesto Inacayal está llena de enigmas. Pero también lo está
su muerte. Nació en 1835, en el norte de la Patagonia, y falleció el 24 de septiembre
de 1888, en algún lugar del Museo de La Plata. Resistió por años la Campaña del
Desierto, la ofensiva militar que encabezó el General Roca antes de plantarle gualichos
a Dardo Rocha, hasta que se entregó en 1884. Fue trasladado de aquí para allá, hasta
que finalmente el Perito Francisco Moreno ―que no olvidaba la hospitalidad de Inacayal
en sus viajes por la Patagonia― intercedió para sacarlo de la prisión de la Isla
Martín García y llevarlo al Museo de La Plata. Inacayal terminó sus días como portero
del Museo.
O dicho de otra
manera: Inacayal terminó sus días como cosa muerta en exhibición en el Museo. Pero
antes, fue portero.
Toda buena historia
de fantasmas necesita algún misterio revelado. Pero también necesita alguna trama
ligeramente confiable que corra en paralelo a la historia principal o que al menos
corrobore los mojones:
es esa línea ambigua
que une los mojones certificados lo que convierte una simple historia en una historia
que merece ser contada.
Algunos relatos
sobre la muerte del Cacique Inacayal pretenden echar sombras sobre la vida del Perito
Moreno, de la misma forma en que los malos historiadores pretenden que las personas
de determinadaépoca estén muchos pasos adelante de dicha época.
En ese manual
de corrección política que es “Los mitos de la historia argentina 2”, el
historiador Felipe Pigna cuenta con desdén cómo las mujeres de la“alta sociedad”
concurrían a la “Entrega de indios”, la repartija de prisioneros de la Campaña del
Desierto que se organizaba en el Hotel de los Inmigrantes. Hombres, mujeres, niños,
todos eran puestos a disposición de las clases acomodadas de Buenos Aires.
Escribió Pigna:
Se
había tornado un paseo “francamente divertido” para las damas de la “alta sociedad”,
voluntaria y eternamente desocupadas, darse una vueltita los miércoles y los
viernes por el Hotel a buscar niños para regalar y mucamas, cocineras y todo tipo
de servidumbre para explotar. [...]
Otro historiador, Steve J. Stern, escribió en relación a los
conquistadores españoles del siglo XVI:
“Alfin y al cabo, muy pocos individuos van
por delante de los valores de su época. Denunciar a unos pocos individuos que no
han estado por encima de su tiempo es un ejercicio que pierde de vista el problema
central: simplemente condena elecciones por carecer de una visión transhistórica
que escapa a la mayoría de nosotros”.
Lo mismo puede decirse del destino de los cuerpos de los indios del Museo
de La Plata: aunque haya fantasmas revoloteando, casi ninguno de nosotros está
por fuera de su época. Y no está bien evaluar las acciones de los hombres por fuera
de su época. No es que la época justifique cualquier tropelía, pero mucho de lo
que se adjudica a la maldad forma parte de las costumbres aceptadas de época:
lo que una sociedad específica cree correcto y legítimo.
Y en esa época, en esta parte del mundo, a los indios se los ponía en exhibición
en los museos. Hay varias versiones de la muerte de Inacayal. La más conocida
pertenece a Clemente Onelli, por entonces secretario del perito Moreno y luego director
del Zoológico de Buenos Aires. Dice que Inacayal “presintió” su muerte,“searrancó la ropa, la del
invasor de su patria, desnudó su torso dorado como metal corintio, hizo un ademán
al sol, otro larguísimo hacia el sur; habló palabras desconocidas y, en el crepúsculo,
la sombra agobiada de ese viejo señor de la tierra se desvaneció como la rápida
evocación de un mundo”. Horas después, falleció.
Otra versión sostiene que cuando Inacayal se desnudó para hacer su ritual,
en las flamantes escalinatas custodiadas por los esmilodontes, lo tiraron escalera
abajo porque era terrible que el salvaje se desnudara en público. Otros dicen
que corrió hacia el Bosque desnudándose de sus atavíos de hombre blanco y luego
apareció muerto. Otra versión dice que Inacayal se suicidó porque no soportaba
convivir con los huesos en exposición de otros indios.
Entre los huesos en exposición estaban los de su mujer, que había fallecido
un año antes. Además de su mujer, poco antes habían muerto Margarita (la hija del
cacique Foyel) y Tafa (una india de Tierra del Fuego). Seis años después de que
falleciera Inacayal, murió un joven yamana de 23 años llamado Maishkenzis. El
esqueleto de Maishkenzis estuvo en exposición hasta mediados de 2006 en una
vitrina de la sala de Antropología Física.
Los huesos de Inacayal estuvieron en exhibición hasta la década de 1940.
Luego fueron quitados del aparador y devueltos a sus descendientes. Hace unos
pocos años, en los depósitos del Museo, bajo los números de catálogo 5443 y 5434,
se encontraron el cuero cabelludo y el cerebro del cacique.
Entonces, la historia: que los indios fueron llevados a las catacumbas del
Museo para que, cuando murieran, sus esqueletos fueran descarnados y puestos en
exhibición en una vitrina; que el Perito Moreno tenía planeado de antemano pelar
los huesos de los indios y ponerlos en el aparador. El problema con estos planteos
es su aire revelador: como si se estuviera sacando el velo a una gran conspiración.
¡Claro que fueron llevados al museo con ese propósito! Eran las
prácticas consensuadas en los círculos científicos del siglo XIX: los restos de
los primitivos se estudiaban y luego se ponían en exhibición en la sala de Antropología
Física. Ese era el paradigma científico del siglo XIX evolucionista: la historia
era una línea, y las diferentes sociedades eran diferentes paradas que llegaban
hasta la máxima expresión cultural de la historia del hombre, la Europa industrial.
No había diferencias entre pelar los huesos del portero del Museo y desenterrar
algunos del Paleolítico. Ambos representaban estadios evolutivos anteriores, y ambos
podían ponerse en exhibición en un museo. No había nada“malo”en ello.
Uno, como miembro de esta sociedad, puede poner todos los reparos que
quiera; puede fundar una ONG, quejarse, pedir indemnizaciones, pintarrajearle
el monumento a Roca y putearlo con faltas de ortografía. Pero lo que no puede hacer
es acusar a alguien de ser parte de su tiempo. Eso es lo que hacen los malos
historiadores. Y en la televisión hay muchos.
©Eduardo Finocchi / 8 2026
Info: @nerdsallstar
