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El templo que soñé. Por Eduardo Finocchi


Soñé con La Plata antes de que amaneciera.

No con la ciudad ruidosa y apurada, sino con la otra: la que se deja ver cuando uno camina despacio o cierra los ojos.

En el sueño, yo —Eduardo Finocchi— avanzaba por calles que reconocía y, al mismo tiempo, no. Las diagonales parecían trazadas con una intención secreta, como si alguien hubiese dibujado la ciudad no para ser vista desde el suelo, sino desde el cielo. Las plazas eran pausas, respiraciones exactas; las avenidas, líneas de fuerza. Todo estaba en su lugar, como un gran tablero simbólico.

Alguien me dijo —no recuerdo quién— que La Plata siempre había sido un templo.

Un templo sin paredes.

Entonces apareció el edificio. Estaba en el Barrio Hipódromo, sobre la calle 37, entre 118 y 119. No imponía por altura, sino por sentido. En su fachada brillaban símbolos antiguos: el triángulo luminoso suspendido como un ojo sereno; la escuadra y el compás marcando una entrada que no parecía prohibida, sino invitante. Sentí que no estaba frente a una construcción nueva, sino ante algo que, misteriosamente, siempre había estado ahí.

En el sueño supe —como se sabe sin estudiar— que Dardo Rocha y Pedro Benoit caminaban conmigo. Que habían sido masones. Que habían pensado la ciudad como una idea antes que como un plano. Comprendí que La Plata no había nacido al azar, sino siguiendo una lógica de armonía, equilibrio y razón. Ciencia, justicia, trabajo. Palabras que flotaban como columnas invisibles.

Dentro del templo había dos grandes salas, una destinada al silencio y otra a la palabra. Escuché conferencias que todavía no se habían dado y vi mesas largas donde se compartía el pan y el cordero con lechugas amargas, como si la gastronomía también fuera un rito. No había secreto oscuro: había búsqueda, diálogo, fraternidad.

Antes de despertar, alguien colocaba una piedra. No era pesada. Era firme. En ella se leía algo sobre libertad, igualdad y fraternidad. Sobre la luz. Sobre La Plata como faro.

Abrí los ojos.

La mañana entraba por la ventana y el ruido del mundo volvía a su lugar. Fui hasta la puerta, levanté el diario local y, todavía con el pulso del sueño en el cuerpo, leí el título.

La masonería, con sede propia: templo, nuevo estilo y hasta un restorán.

Leí la nota completa. Cada dato estaba ahí. La declaración de La Plata como ciudad masónica. La construcción del primer templo propio. Las logias, los símbolos, la piedra fundamental. Todo lo que yo había soñado, ahora estaba impreso en tinta.

Doblé el diario El Día con cuidado.

No supe si había soñado el futuro o si la ciudad, finalmente, me había contado uno de sus secretos.

Eduardo Finocchi / 1-2026


13 y 522 - Tolosa, donde ahora está el Distribuidor P. Benoit

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